(C506) Born to be Geek Parte 2

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Hola. Gracias por continuar leyendo esta historia, que como escalera en espiral, vamos descendiendo o ascendiendo, como tu lo quieras ver, en esta aventura llamada “nacido para ser geek“. Te invito a leer la parte 1 para continuar con el hilo de la historia.

Los siguientes años de mi niñez fue relacionarme con los superhéroes. Ahora era yo quien agarraba un cómic y lo hojeaba, mientras mis chocantes prácticas de lectura comenzaban en títulos como Green Lantern o Superboy. Los de Superman eran sagrados, y sólo bajo la supervisión de mi padre podía, siquiera tocarlos.

La serie animada fue un hitazo, tanto, que decidieron crear un universo “alrededor” de este mismo. Crearían posteriormente una de Superman, que yo no me perdía por nada en el mundo. Recuerdo que cuando apenas se había estrenado, la cadena de comida Kentuchy Fried Chicken decidía sacar una línea de juguetes dedicados a Superman, la serie animada, que solo se podían conseguir muy a la “cajita feliz” de su marca “rival”. Al igual que lo hizo Sabritas, al sacar una línea de tazos cuando se estrenó la serie de La Liga de la Justicia Ilimitada.

Los años pasaron, y así como las rosas crecen y se marchitan, así sucede en el amor. Mi padre tomaba la decisión de dejar la ciudad, después de haberse divorciado de mi mamá… Aún recuerdo esa noche previa a irse, donde él me decía que regresaría y que, por mientras él estuviera fuera, le hiciera de favor mantener algo por él, algo que no podía llevar. De entre sus cosas sacaba una especie de libro, sus hojas se veían un tanto amarillezcas por el tiempo, se encontraba dentro de una bolsa transparente, correctamente envuelto, como si fuera un papel de regalo.

Era eso. Era lo que había marcado a mi papá en su tiempo. Era lo que hizo hacer lo que hizo y que, ahora, lo poseía yo. Estoy hablando de la edición de la muerte de Superman, hecho por VID. Mis ojos no daban crédito a lo que veía. ¿Como un niño podía cargar con una responsabilidad así? Me sentía soñado… Y un tanto horrorizado. Sentía que tenía una montaña en mis hombros, y a esa corta y pequeña edad, empezaba a sentir la presión de lo que una vez dijo el tío Ben: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad“… Pero, ¿cuál era mi poder? ¿Cuál era mi destino?

Junto al cómic, llegó una figura de Superman. Mide (digo mide, porque aún lo conservo), aproximadamente, unas 12 pulgadas de alto. Era de la serie de la Liga de la Justicia Ilimitada. Aún la muestro junto con todas mis figuras de Superman que tuve de niño. Al final de cuentas, ¿cómo se siente un padre al ver que su hijo comparte el mismo gusto? Creo que él se sentía soñado al ver eso.

El tiempo pasó, fueron años duros, complicados para mí y mi familia, pero era una sensación extraña, un tanto abrumadora y un tanto pacifica, el ver un logo, el ver algo relacionado a Superman, porque inmediatamente me ligaban a él; a mi padre.

Corría el año 2006, llegaba la película de Superman que continuaría con la saga que había dejado Christopher Reeve. Llegaba Superman Returns a los cines. En ese entonces me encontraba en la ciudad en la que nací, Villahermosa. Misma ciudad donde se encontraba mi padre y que, a pesar de la diferencia que había entre nosotros, un tanto de celos de mi parte por la pareja de ese entonces de mi papá, decidimos ir al cine.
Demonios, fue uno de las mejores días que tuve cuando andaba por allá. Recuerdo haber entrado a la sala, con unas palomitas grandes y un par de refrescos, acompañados fríamente por unos nachos sobre una de esas charolas famosas de cine. Recostamos suavemente esta charola sobre uno de los espacios de las coderas de la sala y empezó la película.

La película había iniciado. Fue un viaje a través de 2 horas donde mi papá y yo pudimos ver, codo a codo, a nuestro superhéroe favorito en una pantalla gigante. Salimos de la sala y recordaba que quería volar como lo hacía Superman. Me había comprado un porta-celular con el escudo en gris de Superman, que vendía en ese entonces la cadena Cinépolis, junto con una gorra, que de igual él me regaló. Entramos a una cabina de fotos instantáneas y bromeamos mientras 4 flashazos cimbraban en nuestros ojos. Salían impresas 2 tiras de 4 fotos cada una con caras nuestras, una tira para cada quien. Así para poder recordarlo, esa tira de fotos la puse en mi cartera. Se preguntarán, ¿por qué un niño de 10 años tendría una cartera?, y yo los respondería con un: ¿por qué no? Como dato histórico, aún debo de tener por ahí mi boleto de esa función, boleto pintado de azul con la leyenda del cine, mi lugar y sala correspondiente, y el tradicional cartoncillo que se usaba, en lugar de ese ligero y delicado papel que se usa hoy en día.

En ese interludio de años, de cuando vimos la película, a cuando regreso a Guadalajara, no paso mucho que tenga la dicha de mencionar. Creo que hasta mi apego por los superhéroes se había fraccionado en otros rubros que en ese entonces tenía. Pero aún seguía latente la huella de Superman. En mi cajón de mi buró, abajo de la biblia que toda familia y casa debe de tener a resguardo de emergencia, yacía esa cosa que era sagrada para mi, el cómic de la muerte de Superman.

Corría el año 2011, yo ya había entrado a la preparatoria, pero desde unos meses antes ya sentía como volvía esa fiebre efímera hacía mi por los superhéroes.
En ese año, Televisa Editorial había conseguido los derechos para publicar cómics de DC. Iniciaban con una oleada de 5 miembros de la justicia: Batman, Superman, Wonder Woman, Flash y Aquaman, junto con la serie de la Liga de la Justicia.

Yo la verdad desconocía las publicaciones dichas, ya que, como mencioné anteriormente, mi despego a los superhéroes se había marcado desde hace años. No fue hasta que un amigo mío (cof cof Hugo cof cof) me invitó e incitó a comprarlos, que debía de leerlos porque estaban de regreso, y me recomendó mucho el cómic de Flashpoint.

Así que recurrí a los cimientos del centro de la gran ciudad, a embarcarme en esa misión de poder conseguir ejemplares anteriores y poder comprar ese tomo en especial. No fue difícil, ya que tenían relativamente poco de estarse publicando.

Llegué, tal cual el destino donde mi papá compraba vagamente cómics cuando podía. Ese puesto de revistas que estaba saliendo del único McDonalds del centro. Ahora era yo, llegando a comprar lo que llegaba a comprar mi papá en su tiempo, y ahora era el hijo del dueño de ese local el que me atendiera. De nuevo, ¿a esto le vamos a llamar “destino” o casualidades de la vida?

Ese fanatismo dentro de mí, que creía apagado, había hecho erupción cuál volcán Vesubio destruyendo Pompeya. Algo dentro de mí que había estado dormido, despertó abruptamente.

Y tu, ¿como iniciaste en este maravilloso mundo de los cómics? ¡Cuéntame! ¡Quiero leerte!

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