(C506) Cuentos cortos: El guardarropas

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El guardarropas.

Un bombillo solitario se observa colgando del único e individual cable eléctrico, que cae desde el ”cieloraso” sobre aquella habitación, tristemente iluminada…  perteneciente a la vieja casa en la que vivía de niño. En los cuartos, los pisos fabricados de madera, ahora renegridos por el paso de los años, crujían al caminar y alertaban de cualquier movimiento con su sonido característico. Extraña como era esa casa… por donde se posara la vista, habían puertas, siempre me parecieron más de las necesarias ya que todas terminaban en el mismo lugar, un gran corredor decorado por un piso de losas cerámicas amarillo con rojo con un barandal de madera. Corría la mitad de los años setenta y nuestro hogar parecía sacado de un tiempo y un lugar hace mucho olvidado, paredes hechas de barro y caña, luces en cables colgantes, interiores y pisos de madera y algún material olvidado y retomado de antiguos habitáculos heredados.

En la parte de la casa en donde estaban las habitaciones, había un pasillo, en él, sobresalía un armario… gigante… o así me lo parecía ya que llegaba hasta el mismo techo de la casa… se encontraba cubierto con una cortina obscura, siempre allí, inmenso y silencioso… Contaban que por las noches la sombra de un infante se hacía presente… aquella sombra se le veía entrando al extraño mueble, sin razón aparente o motivo coherente… a veces se escuchaba su llanto, desconsolado… Algunos dirán que parecen cuentos de viejos para asustar a los jóvenes, no asustarían a nadie, no es nada nuevo dirán… y tendrán razón…. Yo por mi parte nunca vi nada ni recuerdo nada sobrenatural… excepto aquellas pesadillas caóticas de las que no despertaba fácilmente y que supuestamente eran inducidas por la hipoglicemia nefasta.

Esa era la casa de mi infancia; y la recuerdo inmensa y obscura, pero se pasaba bien al salir en patines por el corredor con barandas y saltar sobre las dos gradas de piedra de la entrada hasta caer al patio enzacatado, el que mi abuelo mantenía siempre muy acicalado, como cancha de mundial de fútbol. Sin embargo, en lo profundo de la noche, resultaba bastante apremiante trasladarse al sanitario, el cual se encontraba en el otro extremo de la residencia.

Para solventar dicha impostergable necesidad era requerido atravesar aquel tenebroso pasillo obscuro… justo al frente del misterioso armario, para el joven infante que observa en la obscuridad, aquel pasillo se mostraba extenso y amenazante… o eso sentía yo… casi en un trance y sin saber cómo, ahora me encuentro al lado del tan mencionado mueble, las cortinas ondulan con la brisa causada por mi paso apresurado. En aquellos tiempos la vida era un poco más difícil, no se tenían celulares ni luces de bajo consumo o autosustentables artilugios luminiscentes, no, en aquella “Era” lejana se hacía necesario llevar una vela para iluminar el camino… y no es que no tuviéramos luz eléctrica, pero el llegar hasta el apagador se tornaba incierto y sombrío, con la posibilidad de resultar con mi humanidad en el piso, o contra ollas y sartenes… probablemente maltrecho y lloroso; así que las velas eran una estrategia de uso frecuente. El paso hacia el cuarto de abluciones resulta espeluznante, aún con la vela encendida, siempre sentía algo a mis espaldas mientras caminaba… en aquella circunstancia tenebrosa y con el cabello erizado hasta la columna, mi estrategia consistía en correr, aunque se apagase la vela… y sucedía que de nuevo… terminaba contra ollas y sartenes que caían en la obscuridad… por supuesto esas acciones de mi parte derivaban en regaños y enojos por perturbar el sueño sagrado de mis familiares.

La sombra del infante continuó apareciendo camino al guardarropa, a vista y paciencia de mis temerosos parientes, algunos tenían una vista directa de la escena, desde donde se divisaba entre sombras misteriosas… aquel armario con cortinas como puertas.

Los llantos se suscitaban en ciertas ocasiones, nunca supe su origen o el porqué… y a pesar de todos los sobresaltos y especulaciones, convivíamos tranquilamente…

El tiempo pasó y tuvimos que desocupar la vieja casa para mudarnos a otra contigua, en mejor condición. Y sucedió que: en cierto día, algunos viejos colegas de una de mis familiares, nos hicieron una visita inesperada, ellos desconocían de la mudanza y terminaron tocando una de las muchas puertas de la Vieja Casa, que había sido desocupada algunos años antes. Estas personas luego contaron su experiencia y nos dijeron haber hablado con un anciano y su hija, quienes abrieron la puerta y muy amablemente dijeron a los compañeros colegas de mi tía:

Doña Rita y todos sus familiares partieron… y no sabemos dónde fueron… no supieron responder a ningún otro cuestiona-miento y seguidamente y sin más explicación, el anciano cerró la puerta. Los compañeros colegas se retiraron desconcertados. Sin embargo, un dato curioso resalta en aquel relato; y es que las dos casas, la vieja y la que habitábamos en ese momento, se encontraban adyacentes; y si bien no siempre estaba alguien en ambas casas, era común que las visitáramos continuamente y sé bien que allí, no habitaba nadie….

León Bonet 16/6/14

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Un comentario sobre “(C506) Cuentos cortos: El guardarropas”

  1. Este cuento me trae recuerdos, en realidad no es ficción ya que yo realmente lo viví. Gracias querido Leo por poner en letras esta tenebrosa historia

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