(C506) Joker y el hombre que ríe

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Hola, en esta ocasión en que nos engalanas con tu visita, te platicaré sobre una película que inspiró la creación de uno de los más icónicos personajes en la mitología de Batman; ni más ni menos que el mismísimo Joker (Guasón, Comodín, elección múltiple).

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Si creías que Cesar Romero, Heath Ledger, Mark Hamill y Joaquin Phoenix eran los únicos que interpretaron de manera memorable a el Joker, pues, estarías en una equivocación, ya que también debes de tomar en cuenta a Contad Veidt y aquí está la razón.

Los payasos, tanto espeluznantes como, bueno, los no tanto, han acechado en la oscuridad durante miles de años antes de que el malvado payaso de Stephen King, Pennywise, se arrastrara junto con sus siniestros globos rojos en las alcantarillas de un pueblito de Estados unidos. Los egipcios los tenían, los griegos los tenían, los romanos los tenían. Pero en los siglos XVII y XVIII, sucedió algo interesante y revelador.

Durante la Edad Media, el payaso y el monstruo de las atracciones de carnaval eran esencialmente lo mismo. Tantos los bufones como las atracciones entretenían a los reyes en las cortes reales de Europa y solían vestirse con disfraces y maquillaje llamativos, y a menudo se deformaban físicamente de alguna manera. Después de eso, sin embargo, los dos comenzaron a separarse; con el bufón bromista y juguetón en una dirección, y la rareza humana en la otra. La división se consolidó a fines de la década de 1700 cuando Joseph Grimaldi, un artista muy popular en su época, nos dio el primer payaso de circo moderno como los conocemos hoy en día. Ahora, el novelista Víctor Hugo regresó a un punto justo antes de esa división de transición en su novela de 1869, “L’Homme Qui Rit”, o “The Man Who Laughs” y en español conocida como “El Hombre que Ríe”.

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En esos tiempos, Victor Hugo vivía en el exilio en las Islas del Canal después de que ciertos aristócratas franceses sin sentido del humor se indignaron por la forma en que fueron retratados en un par de sus novelas altamente politizadas como “Les Miserables” (“Los Miserables”) y “The Hunchback Of Notre Dame” (“El Jorobado de Nuestra Señora de Paris”). Claramente, con ganas de desquitarse, Víctor Hugo se sentó y escribió otro oscuro melodrama político sobre artimañas aristocráticas, traición, asesinato, venganza, corrupción y herederos legítimos agraviados, con algunos plebeyos de buen corazón y una dulce historia de amor como contraste.

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Sin entrar mucho en toda la mecánica turbulenta y enrevesada de la trama, a mediados del siglo XVII, el malvado Rey James II de Francia asesinó a un rival político y ordenó que al joven hijo del hombre le fuera desfigurada la boca de forma permanente (a propósito; Esto no era una práctica desconocida en ese momento, aunque realmente solo entraría de moda entre los gángsters británicos de los años 30 y 40).

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Abandonado para vagar solo, el joven desfigurado, llamado Gwynplaine, tropieza con una niña ciega huérfana en la nieve, los dos son adoptados por el gerente de un pequeño carnaval ambulante, y Gwynplaine, sin saber nada de sus propios antecedentes, finalmente se convierte en una atracción ambulante muy popular. Considerado como “The Man Who Laughs”, el acto mitad payaso/mitad monstruo de Gwynplaine, este siempre representa su papel con la parte inferior de la cara cubierta, antes de que, finalmente, revelara su sonrisa permanente y horrorosa a la audiencia. Inevitablemente, las crecientes multitudes atraídas por el espectáculo responden con sorpresa y risas estridentes. De esa manera, se podría argumentar que la historia fue una visión temprana del dolor, el horror y la crueldad que yacen en el corazón de todos los payasos.

Mientras tanto, Dea, la niña ciega, resulta ser bastante hermosa, y mejor aún, una de esas hermosas niñas ciegas con una debilidad por los monstruos desfigurados de buen corazón. Los dos se enamoran, por supuesto, y después de eso las cosas se vuelven ridículamente complejas. Entre otras cosas, una mujer noble que alberga cierto fetiche sexual decide adoptar a Gwynplaine como su propio juguete personal, se revela el pasado de este y asciende a su lugar legítimo como un noble, con sonrisa grotesca y todo. Inmediatamente comienza a dar conferencias a sus nuevos colegas sobre la triste situación de la clase baja, y todo se va al infierno, cerrando muy al estilo de la octava temporada de la popular serie de televisión “Game of thrones”. Como te podrás imaginar, con semejante final, esta obra se convertiría en la novela menos popular de Víctor Hugo.

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Eso de poco importo.

A principios de los años 20, “The Man Who Laughs” ya se había convertido en una obra de teatro y dos películas: la primera francesa y la segunda, alemana. En 1924, al notar el gran éxito de su adaptación de “The Hunchback Of Notre Dame” de Víctor Hugo el año anterior, los ejecutivos de Universal pensaron que “The Man Who Laughs” tenía todas las características para otra película de éxito con Lon Chaney. Entonces se redactó un contrato y Chaney firmó. El único problema era que, justo entonces, Universal se dio cuenta de que nunca se habían molestado exactamente en obtener los derechos del libro. El acuerdo fracasó y Chaney pasó a hacer “The Phantom Of The Opera” en su lugar. Luego, irónicamente, se mudó al recientemente fundado MGM, donde su vengativo melodrama de payaso, “He Who Gets Slapped” (“Aquel Hombre que resulte cacheteado”), se convertiría en la primera película rodada en el nuevo estudio de sonido.

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Tres años después, en 1927, Universal finalmente puso manos a la obra, obtuvo los derechos del libro y, dado que Lon Chaney ya no estaba disponible, trajo a Paul Leni para dirigir y Conrad Veidt para interpretar a Gwynplaine. Fue una buena movida que resulto bien para todos. Tanto el director como el actor eran veteranos del cine expresionista alemán, con Veidt causando revuelo como el sonámbulo asesino del “Gabinete del Dr. Caligari”, y Leni que ya había trabajado con Veidt en el memorable misterio expresionista “Waxworks”.

Con un director y una estrella bajo contrato, Universal, nuevamente observando los éxitos que habían tenido con su gran presupuesto para “Hunchback Of Notre Dame” y las extravagancias de “Phantom Of The Opera”, entonces asigno un presupuesto para la película de casi un millón de dólares.  Junto con el resto de un gran elenco de la era silenciosa del cine, el mismo hombre que había diseñado los sets de “Phantom” fue llevado para impulsar el expresionismo aún más para “The Man Who Laughs”, y el jefe de maquillaje recién llegado, Jack Pierce, recibió carta blanca para volverse loco diseñando el maquillaje de Gwynplaine. Creando un conjunto de dientes postizos deformados equipados con ganchos ocultos para obligar a las esquinas de la boca de Veidt a convertirse en una sonrisa torturada, y aplicando además un maquillaje verde claro que le daría a su rostro una palidez inhumana, Pierce logró con su maquillaje, crear un personaje memorable

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Aunque el núcleo de la trama de Víctor Hugo permanece intacto, para la película se simplifico considerablemente, pero eso no importo. Y al igual que en el “Jorobado”, “The Man Who Laughs” no es una película de terror, sino un melodrama de época, aunque eso tampoco importo. Lo que importa es el aspecto de la película: las sombras profundas, los ángulos exagerados y desconcertantes, los escenarios y fondos deliberadamente artificiales, y la atmósfera de carnaval sórdida y altamente estilizada. En el centro de todo, la imagen icónica del Gwynplaine de Veidt, con sus ojos tristes y saltones y esa sonrisa salvaje e inmóvil que revela un montón de dientes torcidos y de gran tamaño. Por su parte, Veidt ofrece una actuación brillante y sutil, sacando el dolor interno, la ira y el patetismo de Gwynplaine a la superficie para creer esa sonrisa congelada. No, no es una película de terror, pero seguro que se parece a una, y eso es lo que el público obtuvo.

Citado por numerosos críticos e historiadores como uno de los últimos grandes ejemplos de la verdadera cinematografía expresionista alemana, “The Man Who Laughs” no es tan recordado hoy en día como debería de serlo; aparte de los efectos perdurables de maquillaje de Jack Pierce, su profunda influencia es ineludible. Incluso más directamente que “Caligari”, la película de Leni ayudó a definir la iluminación, el diseño del escenario y la atmósfera general de no solo las películas de terror directas que Universal comenzaría a producir solo un par de años después, sino también las películas “noir” dos décadas más tarde.

Esto nos lleva a Bill Finger y Bob Kane, los cuales nunca hicieron ningún comentario sobre el hecho de que el diseño de “The Joker” fue sacado casi directamente de “The Man Who Laughs”, y es por ese simple hecho que la película debería ganar un lugar en la biblioteca cinematográfica de cualquier completista de Batman.

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