(C506) Textos de un aficionado: Cuentos de un bardo

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A la orilla del fuego cantando canciones y bebiendo hidromiel el bardo nos deleitaba con sus historias al son de las canciones, llevando nuestra mente hasta aquella remota época en la que los druidas habitaban los bosques y aquellos antiguos dioses nos veían desde lo alto. En cierta ocasión nos cantó lo siguiente:

En las leyendas se habla de aquel que en un solo día a los cuatro elementos logró dominar, se dice que al amanecer hacia el este comenzó a caminar, recordando su infancia y juventud, pensando en el aire y en la ligereza de su ser, observaba los pájaros pensar y pensaba en su espíritu libre surcando los aires junto a aquellas maravillosas criaturas dueñas de los cielos, vio como el halcón tomaba a su presa por el cuello y lo devoraba, siguiendo el ciclo natural de las cosas, dándole la bienvenida a la muerte que aunque lejos se hallaba, impredecible llamaría a la puerta y el estaría listo para recibirla dichoso de la vida que llevó. Observó el sol y al ver el resplandor de sus rayos pensó en Lugh, el joven dios sol, cuya lanza mágica nunca erra un tiro.

Al medio día decidió dirigirse al sur, vagaba sin rumbo observando la naturaleza, aquella gran obra de algún dios lejano que desde su trono lo observaba con curiosidad, el sol estaba en su punto más alto llenándolo de calor, recordándole la energía, la pasión por las cosas que amaba y su deseo de ser mejor, era como si creciera una llama dentro de él, pensó en el fuego y en cómo calentaba cada hogar de su pequeña tribu, de pronto vio a un zorro escabullirse por entre los árboles, recordándole ser un espíritu libre mientras viva, recordándole aquellos recuerdos de alegría y haciéndole ver una vez más que la vida es una aventura siempre y cuando la quieras vivir de esa forma, la espada de Nuada debía de estar siempre en su mano para continuar avanzando hasta el punto más alto de su vida.

Tras pasar toda la tarde caminando y reflexionando, mientras caminaba al oeste llegó el ocaso, su madurez, su sabiduría; estaba a punto de culminar su viaje. ¿Qué tanto había aprendido de su caminata? ¿Había valido el esfuerzo? Por supuesto que lo había hecho, ahora era un hombre mejor, ahora entendía mejor la vida, y tras pensarlo un poco entendió aquel viaje sin un propósito inicial. Alcanzó un río, necesitaba descansar, tomar un respiro, estaba cansado, en el agua vio reflejado su rostro, sus emociones y de una forma u otra observó el otro mundo, le quedaba poco tiempo, aquella muerte que parecía lejana hace un rato ahora comenzaba a verse cercana a él, pero no había tiempo de pensar en eso, su viaje no había concluido aún, observó al salmón y le vio nadar contra corriente, él debía hacer lo mismo, correr contra el tiempo. Algunos hombres comían a la orilla del río, el olor a guiso le llamó la atención, le recordaba el Caldero de Daghda, la ansiedad le invadió, deseaba volver a él, sanar las heridas y continuar, se hallaba cansado, las canas comenzaban a asomarse en su cabello una vez rojo como el fuego, ahora gris y apagado.

Hora de enderezar su camino, comenzó a dirigirse al norte, lugar de la tierra seca, debía erguirse y acabar lo empezado, se adentró en la oscura noche, y aunque el frío le calaba los huesos continuó, su piel estirada, sus frágiles huesos, su poco cabello y únicamente guiado por su bastón de roble, caminó escalando la seca montaña, extrañando el calor de la mañana y el agua del ocaso, todos los animales se adentraban en sus madrigueras, a lo largo vio a un anciano oso pardo luchar por mantener su supremacía en una oscura cueva, el oso salió vencedor ahuyentando a las jóvenes hienas que le hacían frente, como el anciano a pesar de la edad aún es fuerte y capaz de vencer las batallas, otra valiosa lección aprendida, al llegar a la cima escuchó el chirriar de la Lia Fail y vio como la piedra le elegía como su nuevo dueño, un nuevo rey había llegado, Gwynn ap Nudd le esperaba al otro lado para coronarlo como líder de la caza salvaje, la muerte le había alcanzado y en su viaje la comprensión le llenó el alma haciéndole ver que las cosas, cosas son y que el aire, el fuego, el agua y la tierra eran uno solo, eran hombre y hombre era él.

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