Osgood Perkins, director y guionista de La película del Mono, apuesta por un ejercicio de estilo que oscila entre la comedia gore y la parodia del género de terror. Sin embargo, lo que podría haber sido una exploración lúdica del absurdo se convierte en un espectáculo que privilegia la estética sobre la sustancia.
Basada en un relato de Stephen King, la película se aleja deliberadamente del tono original para adentrarse en un territorio más cercano a la sátira desbordada. El problema es que, en su afán por ironizar sobre los tropos del género, La película del Mono termina evocando más a los excesos de las cintas de terror de los 2000 —con su humor macabro y sus muertes exageradas— que a una propuesta con identidad propia.
Perkins parece confiar en que el público encontrará entretenimiento en la violencia caricaturesca y el derramamiento de sangre, pero el resultado es una obra que a menudo se siente más cruel que ingeniosa. Sin la creatividad de títulos como Final Destination —a los que la película parece hacer un guiño involuntario—, el filme se despliega como un espectáculo visual que carece del ingenio necesario para sostener su premisa.
En última instancia, La película del Mono no es tanto una película de terror como una variación estilizada del género, un tributo que nunca encuentra su propia voz. Para quienes busquen una experiencia irreverente y desbordada, puede ser una opción entretenida. Pero aquellos que esperen una reinvención del género o una adaptación con verdadero peso narrativo, quizá encuentren en ella más estilo que sustancia.
¡¿Estás listo para verla?! Te compartimos el tráiler: