“Bob (Leonardo DiCaprio), un revolucionario acabado, existe en un estado de paranoia por las drogas, sobreviviendo al margen de la sociedad con su enérgica e independiente hija, Willa (Chase Infiniti). Cuando su malvado némesis, el coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn), reaparece después de 16 años y ella desaparece, el ex-radical se apresura a encontrarla, mientras padre e hija luchan contra las consecuencias de su pasado.”
“Una Batalla Tras Otra” te agarra desde el inicio con una energía increíblemente frenética. El prólogo, que nos presenta la génesis de la relación entre los protagonistas, Pat (Leonardo DiCaprio) y Perfidia (Teyana Taylor), miembros de un grupo paramilitar anárquico, se siente sorprendentemente rápido a pesar de su duración. No te da un respiro.
La película, aunque tiene una duración cercana a las tres horas, pasa volando. Honestamente, saldrás preguntándote cómo es posible que el tiempo haya transcurrido tan rápido. Sin embargo, dejen los refrescos grandes en el lobby para evitar pausas no deseadas.
Los personajes están magistralmente construidos. Pat, un ex-revolucionario que ahora es un padre de familia borracho y drogado tras 15 años de evadir su pasado, debe retomar sus viejas prácticas cuando su pasado, encarnado en un coronel que ahora persigue a su hija, lo alcanza. La actuación de Leonardo DiCaprio es particularmente destacada, interpretando con convicción la forzada redención de un hombre en la cuerda floja.
El reparto lo complementan actuaciones sólidas de Sean Penn, Benicio del Toro y la joven Chase Infiniti como la hija, Willa. Los personajes son muy convincentes y poderosos en su forma de actuar.
La cinta se sitúa en un tono de sátira y farsa política, con un humor negro que recuerda un poco al estilo de los hermanos Coen. Anderson utiliza esta trama para examinar temas como la protesta social, los movimientos extremistas de izquierda y ultra-derecha, y la teoría de la conspiración que permea la sociedad. No teme adentrarse en ese “bajo Estados Unidos” para mostrar las contradicciones y complejidades de los ideales y el activismo extremo.
Hay momentos de acción excepcionales, en especial las escenas de manejo, y un trabajo de cámara que es digno de aplauso.
No es solo un cambio de género para Paul Thomas Anderson después de su comedia romántica anterior, sino una demostración de su habilidad para narrar historias complejas con un ritmo absorbente y un reparto de alto calibre.
Es una de las mejores películas que hemos visto este año y, sin duda, la veremos en las nominaciones a premios. Vayan a verla con la mente abierta y prepárense para un viaje cinematográfico de alto nivel.

Editor para México. No me gusta el aguacate.
