Por: Alejandra Aldasoro
Un rave en pleno desierto nos invita a movernos -lo que se puede en una butaca de cine- al ritmo de música electrónica. El sonido compite a la par con las hermosas vistas para robar toda nuestra atención. La música baja de volumen, de intensidad, para dar paso a una historia que si no te deja sorprendido, es que no estás vivo.
Ganadora del Premio del Jurado en el Festival de Cannes y con dos nominaciones al Oscar -Mejor Sonido y Mejor Película Internacional-, Sirat toma su nombre de esta palabra árabe que significa puente entre el cielo y el infierno; y los protagonistas navegan entre ambos mientras se arman un oasis tras otro al bailarlos. El sonido se apaga de golpe mientras vemos llegar vehículos militares que avisan de un conflicto internacional por el cual deben, todos, regresar a su país de origen.
Luis (Sergi López) y su pequeño hijo se hallan en esa situación en un acto de desesperación. Acompañados de varios flyers con la foto de su hija, que reparten mientras preguntan a quien pueden, si la conocen o han visto, pues su último aviso en casa fue que asistiría a una de esas fiestas. Y es esa fe por encontrarla la que los lleva a buscarla entre los asistentes, drogados o no, y a terminar uniéndose a ellos para cumplir su cometido.
Así, se forma un grupo de apoyo entre ellos, todos de alguna manera mutilados, física, emocional o mentalmente, y que buscan en la música, quizás libertad, quizás desconexión, pero seguro no el destino al que terminan enfrentándose.
Una cinta que está llena de sufrimiento, desesperación y culpas repartidas entre los personajes, dirigidos por Oliver Laxe y producidos por Pedro Almodóvar, logran que nos internemos en sus trances, esos que dicen lograr con sólo escuchar música electrónica y que son privados, a pesar de escuchar lo mismo, al mismo volumen y en el mismo sitio, y que en esta cinta viajan también de manera literal al marchar sobre un camino prohibido, que más que acercarlos al paraíso, los lleva a un infierno que a uno, como espectador, lo hace sentir el estómago revuelto ante tanta tragedia inesperada y vivir, también, tremendo viaje.



