Reseña de EPIC – 50 años después, el Rey sigue estremeciendo

EPiC significa Elvis Presley in Concert, pero este docu-concierto también puede ser calificado con esa misma palabra, a pesar de que el internet la ha malbaratado tanto: algo grandioso, legendario y fuera de lo común. Esta experiencia, que va mucho más allá de una narración lineal o el registro tradicional de un show, nos presenta a la única figura capaz de encarnar ese adjetivo a la perfección: el Rey del Rock & Roll, El Ídolo de Tupello.

Cualquier figura pública tiene múltiples caras, y en el caso de esta leyenda, las narrativas son incalculables. Sin embargo, tras casi cincuenta años en las sombras, salen a la luz grabaciones inéditas de sus giras, entrevistas y su famosa residencia en Las Vegas. Todo esto se proyecta en la gran pantalla de IMAX, quizá el único formato digno de su inmensidad, bajo una premisa clara del propio ídolo: “Se ha hablado mucho de mí, pero nunca han escuchado mi versión de la historia”.

Desde la comodidad de la butaca, el espectador no solo escucha cantar a Elvis, sino que vive la intimidad del backstage y los ensayos a través de su propia voz, en lo que hoy llamaríamos la máxima experiencia VIP, antes All-Access. Es allí donde descubrimos a un artista que nunca pierde la elegancia, vestido siempre de forma impecable, y a un perfeccionista absoluto que corrige errores y celebra aciertos. Al verlo tomar el control total como director musical, se  aminoran las críticas de quienes le restaban mérito por no componer sus temas, como sucedió con muchas otras leyendas.

Dirigido por Baz Luhrmann, el mismo detrás de la exitosa película biográfica de Elvis, este proyecto representa un rescate histórico monumental. Su labor consistió en restaurar y sincronizar material inédito olvidado en las bóvedas con la voz del propio Presley, trascendiendo el simple montaje de archivo para ofrecernos una conexión directa y genuina con el artista.

Lo más sorprendente de esta mirada íntima es la atmósfera que lo rodea. Lejos de las exigencias caprichosas, no hay malos tratos ni rostros de molestia; en su lugar, abunda la química, las risas y la evidente admiración de un equipo hacia un hombre que demostró, frente a cada micrófono, que su verdadero hogar siempre estuvo sobre el escenario.

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