Por: Estefanía Prado
Avatar: Fuego y Cenizas de James Cameron, tiene mucho más que un casting impresionante, un soundtrack envolvente, y desde luego que es más que una excelente película y lo digo a nivel personal; aunque nunca escribo reseñas de este tipo, el día de hoy lo amerita y les explico por qué:
En el 2009 mi papá me llevó a ver la primera película de la Franquicia de Avatar que, a diferencia de aquella vez que la vi en 4DX a un lado del ser que me hizo amar el cine, en esta ocasión estrenamos el formato Screen X en Jalisco y entre todas las novedades: esta vez mi papá ya no estuvo conmigo para verla y maravillarse como sé que lo habría hecho.
Empezó Avatar: Fuego y Cenizas con mucha fuerza, nos llevó a través del duelo, de lo que significa el duelo, un duelo que yo misma iba cargando el día de hoy.
James Cameron nos presentó las etapas del este de una forma tan natural como los elementos de la naturaleza que también expuso; así como vimos la ira, la resignación, el aislamiento, el perdón… Así vemos como la tierra, el aire, el fuego y el agua (aunque distintos) necesitan conocerse y enfrentarse.
La personificación de cada elemento en la tierra de los Na’vi es magistral. De las tres películas de la franquicia, me atrevo a decir que es la más oscura y confrontativa.
Estoy segura que a mi papá le hubiera gustado muchísimo la función de las pantallas laterales, ya que nunca había visto unas escenas acuáticas tan bien llevadas e iluminadas, hermosas, como en el día de hoy.
Los Tolkun y su redefinición como pueblo lograron sentirse majestuosos y helarte hasta la médula. La tibieza y terquedad no nos lleva a los mejores lugares a veces, amigos.
Entre lágrimas y sonidos tanto de sorpresa como de tristeza ahogados, reinaron las tres horas con quince minutos que duró la función. Y sé que muchos se preguntarán si todos esos minutos fueron necesarios y la respuesta es: sí.
A poco tomabas una bocanada de aire y se bajaba el ritmo cardíaco, nos golpeaba la boca del estómago otra situación con una ilación y coherencia que a diferencia de la segunda película, fue excepcional.
Depende mucho de qué tan introspectivos o de qué tipo de amantes del cine sean, pero en cuanto salí de la función sé que mi papá y yo hubiéramos empezado a filosofar al segundo porque en esta ocasión, no son sólo chingadazos entre militares alienígenas, gente rosita y un pueblo que se protege del saqueo y la colonización como cualquier película gringa promedio, Avatar: Fuego y cenizas, nos dió mucho más.
Háganse el enorme favor de ir a verla, no tomen tanta agua y si pueden, lleven a las personas que aman con ustedes.
