Reseña de Amélie y los secretos de la lluvia: El dulce milagro del chocolate blanco que despertó el corazón de una pequeña y su mundo

Por: Alejandra Sosa Aldasoro

Se dice que la sabiduría llega con los años. No por nada existe ese dicho que reza que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”. Sin embargo, en Amélie y los Secretos de la Lluvia -como fue traducida al español-, parece que quien cuenta con la mayor experiencia de vida es la más pequeña de una familia belga conformada por cinco y que vive en Japón durante la época de la posguerra.

Y es quizá por habitar tierras niponas que una recién nacida reflexiona como si se tratara del alma de un sabio japonés que, a través de las cosas más simples -y regularmente las más bellas e importantes- busca a diario el Ikigai o propósito de vida.

Sus experiencias y anécdotas la hacen aceptar el Wabi-sabi, la imperfección, y desarrollar la mejora continua, el Kaizen, mientras descubre la naturaleza del mundo en el que habita de la mano del Omoiyari, la empatía y compasión.

La vida, la muerte y los sentimientos que ambas provocan en los seres humanos se muestran a todo color y calan hasta los huesos en esta cinta animada que, por esta razón y por contar la historia de una protagonista con apenas dos años de edad, podría parecer dirigida a un público infantil.

La realidad es que el público puede ser cualquiera, porque esta adaptación de la novela autobiográfica del mismo nombre, contiene nuevas enseñanzas, aprendizajes y mensajes que dejarán huella en cada uno de los espectadores y a quienes, sin duda, les sembrará la práctica del Shoshin, el abordar la vida sin prejuicios, con ojos curiosos y siempre con entusiasmo, porque para disfrutarla no se necesita edad sino, ante todo, ser transparente y vivir con mente de principiante.

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